-Lo que no esperaba encontrar era el desorden, los gritos desparramados por la cama como si de un líquido viscoso se tratara, como si se hubieran derretido a causa de la espera los papeles, los folios y los dibujos y la tinta hubiera impregnado de un color horrible las paredes, el suelo, la mesa, la ventana. Y ya no hubiera luz. Y nosotros buscamos la luz, somos girasoles y giramos en vano en busca de un calor que nada nos proporciona, de una energía que de nada nos sirve, radiaciones que acabaran con nosotros, que se mezclarán con nuestra piel en descomposición. Habló el niño que no lo era, el joven que no lo era, el adulto que no fue nunca, el adulto que fue siempre. Sin ojos, andando a tientas, chocándose con todo pero sin borrar una estúpida sonrisa:
-A mi me fueron rompiendo de a poco. Primero una pierna, luego un dedo, luego la nariz, otro dedo.. Hasta que un día llegaron hondo, y me rompieron por dentro y yo lloraba, lloré mucho pero mis lágrimas parecían desaparecer en mi piel una vez derramadas y volvían en forma de sangre. Y una vez roto por completo solté un grito, el último. EL grito hizo que me estallaran los ojos, por eso ahora estoy ciego, ciego de dolor, de rabia, de gritos. Me reventé los tímpanos. BUM! Y mariposas de color rojo salieron de mis orejas, por mis ojos, por todos los orificios de mi rostro y más me reía porque no tenía lágrimas. Y así una mariposa tras otra que se desvanecía antes de poder tocarla y así me desvanecía yo, como el tiempo, como una sensación, como un movimiento de danza, liviano, redondo, triste... Y por no ver me apenaba escuchar demasiado, recordé que no tenía tímpanos, entonces me apenaba recordar.
Y un sonido que no pudo escuchar más que el silencio acabó con la pena del recuerdo, la sequedad de un golpe contra la madera, la dulzura de la simplicidad de algo limpio, como un movimiento de danza, redondo, contínuo. Se desvanece...
Desvanéceme, hazme dejar con limpieza el mundo, como un movimiento de danza.
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