miércoles, 27 de marzo de 2013

La confesión del pecador empedernido.

¡Ah, antinomia!
La virginidad dentro del cuerpo
del hombre más bello sobre la Tierra.

Destellos de oro los cabellos
del joven Paris, de esperma puro
de diamantes y de manos
en mármol esculpidas...
 ¡Que ni el escultor pudo tocarte!

Aúlla la nueva Roma de piedra gris,
carcomida por el hediondo aire
que se cuela entre mis dientes
¡como si pudiera, a causa de mi dolor
volverse contra el mismo Dios!

Enlutado, color de reyes entre mi saliva
putrefacto.
Honrada carne viril repleta
del veneno que me ahoga.

¡Envidia, Paris!
Me confieso avergonzado
y trago diamantes para asfixiarme
con la sangre de mi rasgado esófago.

Me despido con una mano 
desde el infierno de mis sábanas manchadas de diamantes.
Ah, Paris...
Manchadas de diamantes.

martes, 12 de marzo de 2013

1:40 am

Intoxicado con la locura
 me hallo enamorado de mi trsteza.

Payasa.

Quisiera quitarme la vida
que tú me entregaste.
¿Pensaste si quiera en mi opinión?
Nunca quise venir al mundo
y hoy, entre palabras con trozos de vómito,
un suicidio leve,
un desgarro desde dentro
brotando serpientes.

Brotan de tu útero, madre.
Serpientes de tu vientre 
a mi esófago podrido.
De tu pútrida vagina
a mi cuerpo muerto.
Quisiera quitarme la vida
que me otorgaste en mal estado, 
putrefacta.

¿Qué tienes en los ojos, madre?
Es reflejo de violencia,
que crece como un cáncer
sobre tu piel pálida,
sobre tus mustios labios
que hicieron del sexo 
algo despreciable: mi creación.