Crear.
El acto de la creación que acaba por destruir cada partícula de un mundo que al parecer no existe, que se devora a si mismo. El viento, un aire frío y constante desgasta de apoco el mundo en el que unas velas color violeta se consumen en el centro de una habitación vacía, huele a muerte y las paredes, pintadas de blanco, manchadas de blanco, contienen dibujos con un bolígrafo.
Al mismo tiempo, la cera derretidas de las velas cae a la mesa, un olor a uva invade la habitación y de violeta se tintan las paredes. Eso sí, el bolígrafo pintado no desaparece y como una verja, oxidada, olvidad y chirriante resuena en golpes secos el bolígrafo contra el suelo que nadie tira, el vaso que se rompe sin que nadie, nunca lo haya tenido en sus manos, el agua nunca llegó a los labios de nadie y a su vez, el olor a uva quedará en la habitación para siempre.
El mismo acto de destruir supone que se consuman las velas, somos todos como las velas de la habitación, como dos lágrimas que resbalan y caen apagando la llama de la vela que la mantenía con un hilo de vida, aferrada al mundo. Nosotros como la llama antes de extinguirse nos agarramos a un hilo que nos sujete a algo, sin saber que nos destruye, que nos muerde las entrañas y nos hace vomitar velas de color violeta.