Ay de mi, despégalo de mi piel.
Despégate, ¡aparta!
Aparta, Caín de mi vera
y arráncame los ojos pues son
causantes del pecado.
No... No...
Los hombres no pueden llorar...
¡Dame muerte!
Dame muerte si es pecado desbordar
el Nilo en la cuenca de mis ojos.
Dame muerte si mojar la piel
desconocida por mis lágrimas
es sínónimo de debilidad.
¡Dame la muerte si no sientes
lo mismo que siento!
Clávame si es tu gusto un puñal,
sólo si tu no lloraste nunca.
Si no soy hombre por
mojar mis baldías mejillas,
si no soy hombre por mirarte
de la misma forma en que tu me miras.
Porque me miras, lo sabes
y rebosas lagos enteros...
Hipócrita.
¡Dame muerte en frente de todos!
Aquí, en la yugular, salpícate de sangre,
queda marcado de por vida y
muere entre pútridas vaginas.
Hipócrita...
Juro que te escupiré después de muerto.
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